“Los
judíos quieren monopolizar el victimismo del holocausto, cuando
murieron 800000 Gitanos, 300000 discapacitados y 250000 homosexuales en
los campos de concentración nazis” Esto fue lo que le oí decir el otro
día al conocido activista Leo Bassi en una charla en un teatro de
Madrid, donde, sintetizando y destilando al máximo, se vino a decir que
el victimismo era un preciado recurso, más valioso que el oro, el cual
los judíos y en concreto el estado de Israel estaban explotando en su
provecho. Pero no voy a hablar de política ni ideologías, sino del alma
humana, ya que éste fenómeno antinatural de utilizar el victimismo a
favor también lo practicas tú.
Vivimos en un mundo duro, una existencia complicada donde seguramente te pisotearan varias veces, descubrirás tu verdadera vocación demasiado tarde, verás escapar tus sueños y morirás al lado una mujer a la cual una vez creíste amar. Pero el instinto de supervivencia del ser humano ha encontrado una solución: el victimismo. Porque sentirse el bueno de la película hace olvidar que no has conseguido el trabajo de tu vida porque no te esforzaste lo suficiente, que no amas a tu novia porque ella no te ama a ti, que la culpa de tu fracaso no la tiene la sociedad... ni tus padres, que eres tú el que apesta y no el mundo que habitas. Pero si tú todavía eres uno de esos luchadores anacrónicos que prefiere cargarse sus responsabilidades a la espalda, aquí te doy unos sencillos pasos para convertirte en el bueno de la película, así que, a soltar lastre se ha dicho:
1.
Como ya hemos visto en las películas, para ser el bueno es
imprescindible sufrir a manos de unos malos con más recursos y menos
principios. Hasta aquí, la aventura de la víctima concuerda con las
aventuras del fallecido Errol, con la excepción de que la víctima actual
no gana... ni desea hacerlo; prefiere indignarse. Y es que no hay
sentimiento más efectivo que la indignación, un sentimiento reservado para débiles y perdedores, que viene a decir algo así como:
"No me gusta que me estés dando por el culo, pero que sepas que sé que
lo estás haciendo".
Vivimos en un mundo duro, una existencia complicada donde seguramente te pisotearan varias veces, descubrirás tu verdadera vocación demasiado tarde, verás escapar tus sueños y morirás al lado una mujer a la cual una vez creíste amar. Pero el instinto de supervivencia del ser humano ha encontrado una solución: el victimismo. Porque sentirse el bueno de la película hace olvidar que no has conseguido el trabajo de tu vida porque no te esforzaste lo suficiente, que no amas a tu novia porque ella no te ama a ti, que la culpa de tu fracaso no la tiene la sociedad... ni tus padres, que eres tú el que apesta y no el mundo que habitas. Pero si tú todavía eres uno de esos luchadores anacrónicos que prefiere cargarse sus responsabilidades a la espalda, aquí te doy unos sencillos pasos para convertirte en el bueno de la película, así que, a soltar lastre se ha dicho:
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2. Ser el bueno de la película no solo requiere de ineptitudes, sino
también de cierta creencia mística en alguna aptitud, como por ejemplo:
creer saber valorar a las personas. De esta forma crees rodearte de la
poca gente buena como tú: gente fuerte y noble que aguantáis las
embestidas sin derrumbaros. Crees que siempre seréis amigos porque os
une la lealtad, espantando así
esa mosca detrás de la oreja que os susurra que os une la desdicha;
cuando realmente lo que os une es la pura casualidad, incluso en algunos
casos el rechazo... de los demás hacía vosotros, por supuesto.
3. Por último, para hacer verosímil este autoengaño, es necesario el uso de ciertas excusas: “Se lo han dado todo hecho” "No he tenido oportunidades" “Ha tenido suerte” “Estaba en el lugar adecuado...” Es decir, clamar a los cuatro vientos que no triunfáis porque no tenéis fortuna, cuando en realidad no habéis triunfado por creer que no la tenéis... pero omitir este detalle, ya que ¿Quién quiere triunfar? ¡Con toda la presión que esto acarrea por dios!
Y aquí estoy yo, el más grotesco de los justicieros, perdiendo el tiempo con esta perorata a sabiendas que, aunque hayas entendido la ironía, no estás preocupado ni vas a experimentar cambio alguno. Porque un perdedor como tú, una vez descubre que lo es, hace todo lo posible por seguir siéndolo, ya que es mejor para tu autoestima creer que eso es lo que quieres ser antes que cambiar y tener que asimilar todo el tiempo perdido. Nadie quiere renacer, preferís agonizar.
Y es que hay un camino más fácil que ser sincero con uno mismo, puesto que hasta el más débil de los perdedores posee instinto de supervivencia, un instinto que convierte la debilidad en fortaleza y el fracaso en esa superioridad moral que nos ahorra cientos de Euros en psicólogos. Milagroso placebo el cual te hace olvidar que un día te arrastró la sociedad y ahora te arrastra el pensamiento en grupo, que la cobardía y la falta de personalidad te llevó a no pensar por ti mismo, a tomar el camino fácil para después poder compadecerte, a culpar a otros de tus errores y de esta forma no poder solucionarlos nunca, a conformarte con sobrevivir, a burlarte del héroe y temer al loco... a morir día a día sin sufrimiento y no creer en las artes necrománticas.
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